Hola, soy Marisol, y esta es la historia de cómo aprendí que incluso después de las pérdidas más dolorosas, la esperanza puede volver a florecer.

Desde que era niña soñaba con ser mamá. Recuerdo pasar horas jugando con muñecos, imaginando que eran mis bebés. Para mí era algo natural, algo que siempre pensé que llegaría cuando fuera el momento. Nunca imaginé que formar una familia se convertiría en la prueba más difícil de mi vida.

Cuando me embaracé por primera vez, sentí que estaba viviendo el sueño que había esperado durante tantos años. Pero todo cambió el día que mi médico me dijo que mi bebé iba a morir. No sabían cuándo ocurriría, solo sabían que iba a pasar.

Escuchar esas palabras fue devastador.

Mi hija murió dentro de mí, y con ella también murió una parte de la mujer que yo era. Mi mundo cambió por completo. Mi relación de pareja se vio afectada, mis emociones quedaron destrozadas y durante mucho tiempo me pregunté una y otra vez por qué había sucedido.

Con el tiempo, gracias a Dios, llegó mi hijo Tadeo. Su llegada transformó mi vida y me devolvió parte de la alegría que había perdido. Sin embargo, durante su nacimiento ocurrió una complicación médica importante que me dejó profundamente asustada. Aun así, seguía soñando con darle un hermanito.

Dos años después decidimos intentarlo nuevamente.

Y entonces comenzó otro camino de dolor.

Llegó una pérdida. Después otra. Luego otra más.

Cada una significaba volver a empezar, volver a llorar, volver a recoger los pedazos de mi corazón. Muchas veces las personas hablan de las pérdidas como si fueran números, pero detrás de cada una existe un bebé esperado, una ilusión, una familia imaginada y una despedida que nadie ve.

La situación más difícil llegó cuando una de esas pérdidas puso en riesgo mi propia vida.

Recuerdo perfectamente cuando el médico me explicó que solo tenía dos opciones. La primera era una cirugía de emergencia para detener una hemorragia severa. La segunda era enfrentar consecuencias que podían costarme la vida.

Además, existía la posibilidad de que tuvieran que retirarme el útero.

No podía entender cómo el simple deseo de tener otro hijo me había llevado hasta ese punto.

Entré al hospital llena de miedo. Cuando desperté después de la cirugía, lo primero que pensé fue que ya no podría volver a intentarlo. Mi esposo fue quien me dio la noticia de que habían logrado salvar mi matriz.

Aun así, quedé profundamente marcada por todo lo que había vivido.

Tomé la decisión de no volver a intentar un embarazo natural. El miedo era demasiado grande. Pero dentro de mí seguía existiendo una pequeña luz, una voz que me decía que mi historia todavía no había terminado.

Fue entonces cuando decidimos pedir ayuda.

Recuerdo perfectamente el día que vi una publicación de Ingenes. Envié un mensaje y me sorprendió recibir una respuesta inmediata. Puede parecer algo pequeño, pero para mí significó muchísimo. Después de tantos años sintiéndome perdida, alguien estaba escuchando.

Así comenzó una nueva etapa.

Durante la pandemia tuvimos nuestras primeras consultas por videollamada. Ahí conocí al Dr. Héctor Carrillo, quien desde el primer momento me transmitió algo que yo ya casi había perdido: esperanza.

Después de ocho años de pérdidas, dolor y decepciones, llegué emocionalmente agotada. Había aprendido a protegerme de las opiniones de los demás, de los comentarios que juzgan sin entender y de las personas que creen tener respuestas para un dolor que nunca han vivido.

Por eso decidí guardar silencio.

Durante todo el proceso únicamente mi esposo y yo sabíamos lo que estaba ocurriendo. No era vergüenza. Era protección. Necesitaba vivir ese camino lejos de las opiniones que pudieran romper la poca fuerza que me quedaba.

Mientras avanzaba en el proceso, encontré una herramienta inesperada: escribir.

Comencé a escribir todos los días. Lo que sentía, lo que pensaba, mis miedos, mis esperanzas, mis frustraciones. Poco a poco ese diario se convirtió en mi refugio.

Había tantas emociones, tantos momentos y tantas historias dentro de ese camino que un día comprendí que todo aquello merecía convertirse en algo más grande.

Con el tiempo, esas páginas se transformaron en un libro.

No lo escribí solamente para mí. Lo escribí para todas las mujeres que sienten que están atravesando esta lucha solas. Para quienes creen que nadie entiende su dolor. Para quienes necesitan saber que es posible seguir adelante incluso cuando parece imposible.

Uno de los aspectos más importantes de mi experiencia fue descubrir que no estaba sola.

Cuando llegué a Ingenes pensaba que únicamente recibiría atención médica. Pero encontré algo mucho más grande.

Encontré acompañamiento emocional.

Conocí a la Dra. Carmen, participé en terapias, talleres y actividades que me ayudaron a fortalecerme mentalmente. Aprendí que la salud emocional es tan importante como cualquier tratamiento médico.

También conocí una comunidad de mujeres extraordinarias.

Mujeres de distintos estados e incluso de otros países que estaban viviendo experiencias similares. Aunque muchas nunca nos habíamos visto en persona, nos acompañábamos todos los días. Compartíamos miedos, logros, lágrimas y esperanzas.

Hasta hoy sigo sintiendo que muchas de ellas forman parte de mi familia.

Finalmente llegó el embarazo que cambiaría mi vida.

Pero incluso entonces el miedo seguía presente.

Hubo sangrados, diagnósticos preocupantes y momentos en los que pensé que la historia volvería a repetirse. Sin embargo, algo dentro de mí me decía que esta vez sería diferente.

Cuando me confirmaron que era una niña, sentí una felicidad imposible de describir.

Y entonces ocurrió algo que siempre llevaré en el corazón.

Yo tenía una perrita llamada Güera, a quien amaba profundamente. Cuando ya sabía que estaba esperando una niña, decidí hacer una sesión de fotos con ella y mi ultrasonido.

Pocos días después, Güera murió.

Fue un dolor enorme, pero dentro de mí nació una certeza muy personal. Sentí que ella había permanecido a mi lado durante los momentos más difíciles y que, de alguna manera, se había despedido cuando supo que mi hija estaría bien.

Quizá para otros no tenga sentido. Pero para mí fue una de esas pequeñas señales que la vida te regala cuando más las necesitas.

Los meses siguieron avanzando.

Y un día, finalmente, llegó el momento.

Recuerdo que estaba lloviendo cuando ingresé al hospital. A pesar de los nervios, sentía una tranquilidad que nunca antes había experimentado. Había trabajado tanto emocionalmente para llegar hasta ahí que, por primera vez en mucho tiempo, pude confiar.

A las 9:40 de la mañana nació Cielo.

Cuando la tuve en mis brazos sentí que estaba viviendo un sueño.

Cielo recién nacida, con diadema de flores, envuelta en una manta

Cielo, recién nacida.

Después de tantos años, tantas pérdidas, tantas lágrimas y tantos momentos en los que pensé que no lo lograría, finalmente estaba sosteniendo a mi hija.

Por fin había llegado.

Los primeros días después del parto también trajeron nuevos desafíos. Experimenté emociones que no esperaba, mucha ansiedad y momentos de tristeza que después entendí que formaban parte de una depresión posparto.

Gracias al apoyo de mi familia, de otras mujeres que habían pasado por lo mismo y de todo lo que había aprendido durante el proceso, pude atravesar esa etapa y volver a encontrarme.

Hoy Cielo tiene un año.

Y cada vez que la veo recuerdo todo el camino que recorrimos para llegar hasta aquí.

A veces observo fotografías de aquellos años y me sorprende la fuerza que encontré cuando pensaba que ya no me quedaba nada. Hubo momentos en los que me sentí completamente rota, pero siempre aparecía una razón para dar un paso más.

Una vez más.

Y luego otra vez.

Y otra.

Hasta que finalmente lo logré.

Si hoy pudiera hablar con cualquier mujer que está atravesando un camino parecido, le diría algo muy simple:

No pierdas la fe.

Incluso cuando tengas miedo, sigue adelante. Incluso cuando parezca imposible, sigue adelante. Incluso cuando otros te digan que no se puede, escucha también a tu corazón.

Yo escuché muchas veces que debía rendirme. Escuché que debía conformarme. Escuché que quizás no estaba destinada a tener otro hijo.

Pero seguí.

Y hoy puedo decir que valió la pena cada esfuerzo, cada lágrima y cada intento.

Porque cuando veo a Tadeo y a Cielo, entiendo que el sueño más grande de mi vida está aquí, frente a mí.

Gracias al Dr. Héctor Carrillo, a la Dra. Carmen, a todo el equipo médico, emocional y humano que me acompañó durante este proceso.

Gracias por recordarme que aún había esperanza cuando yo ya no podía verla.

Y gracias a todas las mujeres que siguen luchando.

Porque sé lo difícil que es.

Pero también sé que, a veces, los milagros llegan justo después del momento en que pensamos rendirnos.

Si te identificas con la historia de Marisol, agenda tu Primera Consulta y da el primer paso hacia tu bebé.