Hola, somos Guadalupe y Josué, y somos los papás de una hija de 26 años y de Ángel, nuestro hijo que llegó cuando pensábamos que ya no sería posible.
Durante mucho tiempo creímos que, por ya haber tenido una hija, el camino para volver a embarazarnos sería sencillo. Pensábamos que solo era cuestión de intentarlo… pero ese momento nunca llegaba.
Con el tiempo, además del deseo de nosotros, también llegó el de nuestra hija. Ella quería un hermanito, y eso hizo que nuestro sueño creciera aún más. Pero conforme pasaban los meses, empezamos a darnos cuenta de que algo no estaba bien.
En medio de esa búsqueda, viví uno de los momentos más duros de mi vida: un embarazo ectópico. Recuerdo que cuando me dijeron “estás embarazada”, fui la mujer más feliz… pero esa felicidad duró solo unos segundos, porque después me dijeron que no había nada que hacer y que tenían que enfocarse en salvarme a mí.
A partir de ahí, todo cambió. Perdí una trompa y un ovario, y comenzaron años muy difíciles. Empecé a desarrollar quistes muy grandes, lo que me llevó a múltiples cirugías. Cada vez que entraba a quirófano era abrirme completamente, recuperarme por semanas y volver a empezar.
Pero lo más difícil no era solo lo físico.
Era lo emocional.

Yo me echaba toda la culpa. Sentía que el problema era yo, que mi cuerpo estaba fallando. Y además tenía que enfrentar las preguntas de la gente: “¿y para cuándo el hermanito?”. Nadie sabía lo que estábamos viviendo realmente.
Hubo un momento en el que ya no pude más. Los estudios eran dolorosos, los intentos frustrantes y el desgaste emocional era demasiado. Llegué a decirle a mi esposo que ya no quería seguir, que mejor me iba a quedar solo con mi hija.
Pero él nunca dejó de apoyarme.
Fue entonces cuando decidí hacer algo diferente: empezar a entender lo que me estaba pasando. Investigué, busqué información y así fue como llegamos a Ingenes.
Desde la primera consulta todo fue distinto. Por primera vez alguien me explicó realmente lo que tenía y, sobre todo, me dio una solución.
Después de tantas cirugías, escuchar que podían tratar mis quistes sin abrirme fue algo que no podía creer. Y así fue: entré caminando y salí caminando el mismo día. Ahí entendí que había otra forma de hacer las cosas.
Poco a poco fuimos avanzando en el proceso. Aprendimos, entendimos y, sobre todo, volvimos a tener esperanza.
Uno de los momentos más importantes de todo fue la transferencia embrionaria. Nunca voy a olvidar ese día. Me pasaron a una sala con música tranquila, pero yo iba rezando, pidiendo que todo saliera bien.
En ese momento nos mostraron a nuestros embriones en una pantalla. Eran pequeños, pero eran nuestros. El doctor me dijo que les hablara… y lo hice. Les pedí que se quedaran, que ya los estábamos esperando, que habíamos pasado por mucho para llegar hasta ahí.
Ese instante se quedó conmigo para siempre.
Y lo más increíble es que lo logramos en el primer intento.
Así llegó Ángel.

Le pusimos así porque para nosotros es eso: un ángel. Después de todo lo que vivimos, de todo lo que lloramos y de todas las veces que pensamos que no sería posible, ahí estaba nuestro hijo.
Su llegada no solo cambió nuestra familia, cambió mi vida. Desde entonces, ya no volví a pasar por más cirugías ni por todo lo que vivía antes. Me siento diferente, más fuerte, más completa.
Hoy entiendo que no era que no podía… era que necesitaba ayuda diferente.
Si pudiera decirle algo a alguien que está pasando por lo mismo, sería esto: no estás sola, no es tu culpa y tu historia todavía no termina. A veces el camino no es como lo imaginamos, pero eso no significa que no puedas llegar a donde quieres.
Hoy somos una familia que no se rindió, y cada vez que vemos a nuestro hijo, recordamos que todo, absolutamente todo, valió la pena.