15 años esperando… y hoy mi hijo duerme en mis brazos

Puntos Importantes:

Hola, somos Astrid y Raúl, y esta es la historia de cómo llegó a nuestra vida Raúlito, nuestro bebé más esperado.

Empezamos a buscar un embarazo hace aproximadamente 15 años. Al principio pensábamos que era cuestión de tiempo: “ya va a llegar”. Fuimos con ginecólogos, hicimos consultas, escuchamos muchas veces que “todo estaba bien”… pero el embarazo no llegaba. Con el paso de los años, lo que empezó como paciencia se convirtió en cansancio. Y después, en esa sensación silenciosa de duelo que casi nadie entiende si no lo ha vivido.

En 2023 hicimos dos inseminaciones en Ciudad Victoria y no funcionaron. Para ese momento, la verdad es que ya estábamos agotados. Yo ya no quería intentar más. No porque no lo deseara, sino porque ya no quería volver a pasar por esa ilusión que termina en vacío. Llegó un punto en el que prefería decir “ya” antes de seguir rompiéndonos por dentro.

Y aquí entra algo que fue clave para nosotros: la familia.
Mi hermano menor insistió una y otra vez. Nos dijeron de un doctor y de la recomendación de ir a un lugar más especializado, con un enfoque real de reproducción asistida. Y aunque íbamos con nervios, con dudas y con esa idea de “a ver qué pasa”, terminamos haciendo una videollamada con el equipo de Ingenes Monterrey.

Desde esa primera llamada sentimos algo distinto: claridad. Nos explicaron el proceso, nos guiaron paso a paso y nos ayudaron a tomar decisiones con información real. Elegimos un paquete de dos intentos, pensando en esa tranquilidad de “si no funciona a la primera, todavía hay otra oportunidad”. Pero la vida nos tenía una sorpresa: lo logramos en el primer intento.

El proceso no fue fácil. Hubo medicamentos, inyecciones, horarios y disciplina. Para mí, como esposo, una de las partes más difíciles fue verla con dolor. Las ampolletas, la piel sensible, el miedo a equivocarnos en algo… y esa presión interna de sentir que no podíamos fallar. Aun así, seguimos. Con nervios, sí, pero también con una decisión firme: hacerlo bien y hacerlo juntos.

El día de la transferencia fue un momento imposible de olvidar. Nos transfirieron dos embriones, y Astrid lo sintió desde ese instante: para ella, en ese momento ya era embarazo. Esa certeza, esa calma emocional, fue algo que nos sostuvo mucho.

Luego vino la famosa espera… y aquí tuvimos que hacer algo muy “de familia mexicana”: Astrid le dijo a su familia que el resultado tardaba dos semanas, cuando en realidad serían nueve días, porque si no, la emoción y los nervios se nos iban a comer vivos. Nadie sabía que ya estábamos a punto de recibir la noticia.

Cuando por fin mandamos la prueba al doctor, nos pidió permiso para llamarnos. Y esa llamada… nunca la vamos a olvidar. Nos dijo:
“Les tengo malas noticias…”
y se nos cayó el mundo por un segundo.
Pero enseguida remató con una sonrisa en la voz:
“Aprovechen para dormir… porque cuando nazca, ya no van a dormir bien.”
Y ahí entendimos: era positivo.

Raúlito venía en camino.

Decirle a la familia fue otra escena que se nos quedó para siempre. Gritos, lágrimas, brincos, abrazos… mi hermano no dejaba de llorar, porque él fue quien más insistió en que no nos rindiéramos. Y sí: desde ese día quedó decretado que él será el padrino de Raúlito.

El embarazo fue tranquilo, gracias a Dios. Astrid estuvo cuidándose mucho, con apoyo en casa, sin complicaciones importantes. Pero emocionalmente, el miedo siempre estaba ahí: después de tanto esperar, lo único que quieres es que todo salga bien.

La llegada de Raúlito fue por cesárea programada. Nació el 18 de octubre. Llegamos al hospital con nervios desde las 6 a.m., y con ese pensamiento inevitable: “por favor, que nada se complique”. Pero todo salió bien. Raúl pudo acompañarla y el médico hasta bromeó en el momento: “Lo siento… le falta la pura barba al niño.” Y entre risa y llanto, se nos acomodó el corazón.

Ese día entendimos algo con mucha claridad: sí valió la pena. Valieron los años, valieron los viajes, valieron las idas y vueltas a Monterrey, valieron los esfuerzos, las actividades para juntar lo necesario, valió el cansancio y valió volver a intentar cuando ya no queríamos.

Hoy Raúlito es un bebé con carácter, inquieto, y para nosotros… es todo.

Si tuviéramos que decirle algo a una pareja que lleva años intentando y siente que ya no puede más, sería esto: no se rindan sin antes tener claridad real. A veces no se trata de “esperar más”, se trata de encontrar el lugar correcto, el diagnóstico correcto y un plan que sí tenga sentido.

Si algún día Raúlito ve este testimonio cuando sea grande, queremos que sepa algo muy simple y muy verdadero: te esperamos muchos años. Hicimos sacrificios, cambiamos planes, respiramos hondo mil veces… todo para que llegaras. Y aun así, volveríamos a hacerlo. Porque cuando por fin estás aquí… todo se acomoda.

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