Hola, soy Daniela, tengo 31 años y soy mamá de Julia Elena.
Durante mucho tiempo creí que, por ser joven, mi cuerpo simplemente iba a responder cuando llegara el momento. Tenía una relación estable, no me cuidaba con nada y, aun así, los años pasaban sin un solo embarazo. Algo no estaba bien… pero nunca imaginé que ese “algo” tuviera que ver con mi fertilidad.
Llegué a Ingenes en plena pandemia, llena de miedo, dudas e incertidumbre. Antes de mi primera consulta pensaba: “¿y si ya es tarde?, ¿y si mi caso es grave?, ¿y si no se puede?”. Sin embargo, ese día marcó un antes y un después. Por primera vez entendí qué estaba pasando con mi cuerpo y, más importante aún, supe que sí había un camino.
Descubrimos que tenía baja reserva ovárica y que también existía factor masculino. Ponerle nombre a lo que nos estaba pasando fue liberador. Dejé de preguntarme “¿por qué a mí?” y empecé a preguntarme “qué sigue”. Tener un diagnóstico claro me devolvió la calma que llevaba años perdiendo.
En diciembre de 2023 me realizaron la transferencia de embriones. Salí de Ingenes con una mezcla de ilusión, nervios y esperanza que nunca había sentido. Y el 6 de enero de 2024, mi vida cambió para siempre: la prueba salió positiva. Lo leí una y otra vez, hasta que entendí que sí, que estaba pasando… iba a ser mamá.

Mi embarazo fue profundamente deseado, cuidado y consciente. Viví cada semana con respeto y atención, sabiendo que ese pequeño latido era el sueño de muchos años. Hubo momentos de miedo, como un sangrado en el segundo mes, pero también una certeza muy fuerte: estaba haciendo todo lo posible por proteger ese milagro. Por eso decidí guardar silencio casi hasta el final, cuidando ese proceso con todo mi corazón.
Julia Elena nació por cesárea, después de un embarazo intenso y lleno de emociones. Escuchar su llanto, verla por primera vez y reconocer en su carita algo de su papá y algo de mí fue indescriptible. Incluso cargándola, besándola y mirándola, me costaba creer que por fin estaba ahí.
Hoy Julia tiene un año y cinco meses. Es una niña despierta, curiosa, amorosa y llena de luz. Mirarla crecer me recuerda todos los días que buscar ayuda a tiempo fue una de las mejores decisiones de mi vida.

Si pudiera decirle algo a la Daniela de hace algunos años —y a todas las mujeres que hoy sienten que algo no está bien pero no saben por dónde empezar— sería esto: escuchen su intuición. La edad no lo es todo. Tener dudas no es un error. Buscar respuestas puede cambiarlo todo.
Gracias a la ciencia, al acompañamiento correcto y a Ingenes, hoy puedo abrazar a mi hija y decirle que fue deseada desde mucho antes de existir.
Julia Elena no solo llegó a mi vida: le dio sentido a cada paso que di para encontrarla.